jueves, 2 de julio de 2009

Análisis de la situación política de América Latina

Sin duda en América Latina se está dando un proceso de transformación de la cultura política a la par de la erosión de los conceptos tradicionales de la teoría política, es decir, el agotamiento del modelo económico basado en la intervención del Estado, así como la disolución político- institucional de una sociedad que se erigió sobre los cimientos estructurales del modelo anterior.



De manera que la situación actual se distingue del pasado inmediato por la redefinición de espacios, intereses y demandas de los sujetos sociales, así como por el desmantelamiento de las bases fundacionales, jurídicas y sociales de la sociedad tradicional.


Se observa, no sin cierta preocupación, la descomposición de la sociedad y de sus redes sociales no basadas en relaciones de clase, e irrumpen el caos, el riesgo y la incertidumbre como los nuevos problemas políticos de fin de siglo. Frente a la diferencia de clases surgen la diferencia individual y las nuevas identidades organizacionales.


Por otra parte, el modelo neoliberal, basado en la racionalidad del futuro, busca apropiarse de la transición, de la postmodernidad, y también del discurso. En medio de toda esta situación las tendencias de izquierda, de centro y derecha van perdiendo paulatinamente su significado.
El agotamiento de los recursos institucionales, proyectuales e ideológicos favorece la pretensión neoliberal, toda vez que los actores no tienen las mismas posibilidades o alternativas, ni los mismos horizontes temporales, menos aún las mismas capacidades estratégicas que en el pasado.




En el mismo sentido, la ruptura del orden interno de los partidos políticos, la modificación de la relación gobierno-sociedad, y la ausencia de factores que cohesionen y unifiquen a la sociedad acentúan la lucha política por la conducción y orientación de la modernidad y la construcción del orden del futuro.


Lo mismo se observa en las distintas modalidades que han adquirido el proceso de reforma del Estado en algunos países de América Latina; incorporada en al agenda del debate público, ha generado el surgimiento de distintas perspectivas a partir de las cuales se anuncian sus alcances y su profundidad. Asimismo, provoca resistencias y constituye, por sí misma, un factor que acentúa las tensiones y los conflictos generados por la modernización económica.



La movilización de actores sociales, la exigencia de redefinición de los procesos de decisión entorno a la política económica y de cambios por parte de los participantes en ese proceso, con el consecuente debilitamiento de la noción de lo público que favorece la nueva orientación de la privatización de la sociedad y de las organizaciones públicas, son algunas de esas tensiones.
Planteando en estos términos, el tema de la reforma del Estado es central y prioritario pues tiene que ver con la esencia misma del Estado, con su estructura, su modo de funcionamiento, así como con la democratización del sistema político.



Entonces, no se trata solamente de pedirle al funcionamiento estatal mayor eficiencia y mejoramiento gerencial, ni tampoco una simple modificación de la red institucional que lo acompaño hasta el presente. Las reformas no se dan en un medio vacío; ocurren y están condicionadas por su medio específico: el institucional. Hablamos de modificación y el redimensionamiento de la renovación de sus mecanismos de representación, y de la descentralización y adecuación de sus funciones y estructura organizativa a lo que requiere el modelo vigente.


Por otra parte, la reforma estatal tiene como punto de partida la crisis del Estado. La triple dimensión de esta crisis: La del Estado-nación como forma política, como espacio político nacional, y la crisis de gobernabilidad. Lo anterior implica aceptar la pérdida de la capacidad del Estado nacional, el desvanecimiento de la soberanía y la absolencia de una forma de Estado como agente del desarrollo económico. Dicho de otra manera, las formas históricas y tradicionales del Estado han entrado en crisis y la modernización estatal, en los hechos significa la separación y la ruptura con la red institucional, con la vieja estructura de poder que la definió, y la construcción futura de democracia a través de las diversas funciones del Estado. Así, la reforma se convierte en un desafío fundamental para enfrentar el siglo XXI.


El modelo neoliberal plantea, tanto en la teoría como en la práctica, el desmantelamiento del Estado para transitar hacia la reorientación y significación de sus funciones en los niveles económico, político y social, con lo que se busca construir una nueva matriz sociopolítica en el contexto de la globalización y apertura que se dan en el mundo contemporáneo.


A nivel teórico, el proceso de transformación de la cultura política tiene una gran importancia en el debate actual. La reflexión teórica se refiere a ese proceso, acentuando la atención en la transición y en los problemas derivados de ella. Es así como la transición es entendida como el intervalo que se extiende entre un régimen político y otro, limitado por el inicio del proceso de disolución del régimen anterior y por el establecimiento de alguna reforma de democracia.
La transición provoca el desnudamiento de la sociedad, el desbordamiento de los límites del sistema y la liberación de las fuerzas sociales y políticas. En estas circunstancias la nueva razón del mercado y la necesidad estatal significa la recomposición de los viejos actores y su transformación en nuevos a través de la despolitización de las relaciones sociales.




En esta perspectiva se asiste al surgimiento de una nueva relación social basada en el mercado, que no es posible explicar ni por la lógica de la comunicación argumentativa ni por el análisis funcional de sistemas. Así, el nuevo vínculo social es extraído del plano cultural y de las instituciones, para ser restaurado en el espacio del mercado.
En el pasado la discusión teórica en América Latina respecto de las relaciones sociales y políticas ha estado asociada al paso de las sociedades tradicionales a las modernas. En las sociedades tradicionales las relaciones sociales se encuentran fundadas prerreflexivamente en las experiencias originarias de la sociabilidad. Por el contrario, las sociedades modernas se caracterizan por el intento de instaurar reflexivamente las relaciones sociales de acuerdo con modelos racionalmente formulados.



En este sentido, el orden social moderno se instaura como ruptura con toda tradición y descansa en relaciones institucionalmente garantizadas, siendo las instituciones las portadoras de los principios racionales que han de gobernar la vida social.
La peculiar situación de las sociedades latinoamericanas de los años cincuenta y sesenta es caracterizada por el tránsito desde el primero al segundo tipo de orden social.


La concepción desarrollista en América Latina experimenta una evolución que se caracteriza en tres etapas:
1.- el arribo de las sociologías estadounidenses de posguerra de carácter totalizante en que el esfuerzo modernizador se concentra en la aplicación del “método científico” en todas aquellas áreas de la convivencia social con el objeto de maximizar las posibilidades de crecimiento económico, la calidad de vida o la organización en torno a las decisiones relevantes.



2.- La aparición de la “sociología comprometida”, que trata de reconciliar las élites intelectuales con los intereses reales de las masas. El resultado no es, sin embargo, el esperado, sino un diálogo de mutuo reforzamiento entre las élites políticas y las tecnológicas tecnocráticas. “O sea, otra vez despotismo ilustrado, con el agravante ahora del impulso incontenible de la creciente politización en toda discusión y de la radicalización y oratoria de toda propuesta de cambio.”


3.- La preeminencia de la economía, que es vista como la única ciencia social que ha desarrollado el instrumental necesario para enfrentar eficientemente el problema del desarrollo. “El desarrollo es visto esencialmente como un problema de asignación eficiente de recursos económicos y quien mejor puede hacerlo de manera objetiva y sin distorsiones es el mercado como mecanismos autorregulación del equilibrio global de la sociedad.”


Desde esta perspectiva, la posmodernidad acrecienta la complejidad de las sociedades, lo que hace imposible que el vínculo social descanse sólo en las formas tradicionales de la sociabilidad o en la racionalidad institucional.
Por lo tanto, una característica peculiar de las sociedades contemporáneas la constituyen los procesos de internacionalización y monetarización. Éstos no se deben entender como una nueva ideología, sino como un proceso de diferenciación de las estructuras sociales que permite y crea las condiciones para el surgimiento de un subsistema económico articulado monetariamente y que reclama autonomía frente a los otros subsistemas sociales.


En términos sociológicos, la internacionalización y la monetarización implican una ruptura de la primacía de lo política como ámbito reflexivo de la totalidad social. Lo que significa que al adelgazarse la política surge una forma social nueva que carece de centro, es decir, de una sociedad que pueda representar a la sociedad y desde la cual se puede observar e intervenir sobre todos los procesos.


La política en esas circunstancias ya no se expresa como síntesis de la sociedad, toda vez que desaparece toda relación causal de orden clasista. Así, la economía en adelante deberá explicarse a partir de su propia racionalidad y no desde el ámbito de la política.
Se trata en el fondo de despolitizar la esfera estatal, evitando la sobre ideologización y desbordamiento de Estado por la política. De manera que el desdibuja miento de la política se transforma en “virtual electoral”, dando lugar al análisis de otros problemas tales como la incertidumbre, el caos, el riesgo y el desorden. Por lo mismo, hoy se plantea: no más política social desde la demanda, sino desde la oferta, y focalización en remplazo de la universalidad de los problemas sociales.



Da la impresión de que las sociedades contemporáneas en la cuales se desarrolla la ruptura se hallan entrampadas por nuevos factores perturbadores y de estrangulamiento político-económico internos y externos, provocando situaciones bastantes particulares o específicas, que alteran el tiempo gubernamental o cronológico, dando lugar al surgimiento de un “nuevo tiempo político”.
Irrumpe globalmente el auge de la democracia, que corre paralelamente al fracaso del Estado intervencionista y de un modelo económico apoyado en el Estado.

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